lunes, 9 de abril de 2012

En lo secreto

Tengo que rendir un final bastante pesado. Por lo tanto, para no cortar la racha, me ataca la necesidad de acomodar ideas. Supongo que siempre me pasa lo mismo porque después de un rato de estudiar, o por lo menos intentarlo, me aburro fácil y mi cabeza vuela a cualquier lado. Por si fuera poco, los golpes de la vida quitan las ganas de, bueno, de casi todo. Hoy le contaba a mi hermana acerca de mi preocupación por el hecho de que, si estando ''de vacaciones'' me está costando mucho levantarme de la cama, no sé qué voy a hacer cuando empiece a cursar. Menciono esta situación porque, aunque hace años que padezco casi todos los días la falta de ganas de levantarme para poder seguir durmiendo, no me resulta tan familiar la falta de ganas de levantarme. Punto.

Tampoco logro comprenderlo, es decir, el no hacer (y no es que no ande ocupado, pero no tanto como de costumbre) me conduce a pensar más, y en un bajón pensar más puede ser bastante desmotivante. Hace algunos días leí en algún lado una frase que, creo yo, a muchos se nos ha cruzado más de una vez: ''Quiero desaparecer''. Lo curioso es que, acomodando un poco la ensalada de-mente, caigo en cuenta que no acostumbro hacer ''lo que quiero''. O sea, es cierto que muchas de las decisiones que tomo son parte de proyectos a futuro y no tan futuro, anhelos, sueños, o como puedan llamarse, pero más cierto aún es que pocas son cómodas o representan ''lo que quiero'' o ''lo que me da ganas''. A lo mejor no llego a sentirme cómodo por mi innata inquietud (que no es impaciencia, vale aclarar). Como sea, simplemente tiendo a actuar conforme a lo que considero correcto y no según ''lo que quiero''. Por lo tanto, volviendo a la idea, por ratos ''quiero desaparecer''. En seguida aparece la imagen de un desierto.

Desierto. Suena parecido a desolación pero, desde cierto punto de vista, no podría oponerse más. Claro está que el desierto tiene reputación de tener poca vida, pero es bien sabido que no se puede juzgar basándose solamente en la reputación. Para muchas personas un desierto puede resultar indeseable. Pocas precipitaciones, calor o frío extremos, monotonía, silencio, etcétera, y tomemos también desolación (como soledad absoluta). Pero además, el desierto encierra, cuanto menos, dos grandes misterios. El primero, ya lo he detallado, y es la lección a prestar atención a los detalles. El segundo, relacionado íntimamente, radica en la profunda realidad de que, en verdad, sólo está solo el que quiere estarlo.

¿Cómo puede ser ésto? Pues en todo ámbito de nuestro propio mundo, así como en el desierto, hay vida, que a lo mejor está escondida porque nosotros la alejamos, o bien no somos capaces de verla por no prestar atención. Por supuesto que pueden aparecer espejismos frustrantes. Por supuesto que por momentos nos podemos sentir perdidos sin saber qué dirección tomar. Por supuesto que podemos llegar a sentirnos solos. No hay necesidad de desesperarse, cuando existe la posibilidad de detenerse a admirar el paisaje que guarda belleza en lo secreto.

En un momento de desierto, se presenta la maravillosa oportunidad de fortalecerse y hallarse a uno mismo en lo profundo del corazón. ¿Y cuando uno no sabe hallarse? Incluso en ese desierto (bajón), aún tratando de aislarse y llegando a sentirse hasta cierto punto en soledad absoluta, muy difícilmente, si es acaso posible, no haya aunque sea una persona que se preocupe; una persona que vele de cerca por uno; una persona que, quizás medio escondida, atesore la respuesta para retomar el camino de vuelta a casa. A veces basta una palabra. A veces basta una sonrisa. A veces basta una mirada. A veces basta amar en lo secreto.

miércoles, 4 de abril de 2012

La clave está en los detalles

Un amigo me comentó alguna vez sobre una mujer que trabajó un tiempo con la Madre Teresa de Calcuta, y le había contado una que otra anécdota. Entre las historias que recordaba, una me llamó especialmente la atención. Al parecer hubo un tiempo en que estuvieron trabajando en cierto lugar en el que eran algo comunes unas mandarinas pequeñas. Todos los días le acercaban a Teresa una canasta con estas frutas, y ella pasaba un rato pelándolas para luego comerlas. Lo curioso es que luego confesó que no le gustaba mucho el sabor de las mandarinas. Sorprendida, la mujer que mi amigo conoció le preguntó por qué entonces pasaba tanto tiempo quitándoles la cáscara. ''Para cultivar la paciencia'', respondió Teresa.

No deja de fascinarme las relaciones que uno puede encontrar prácticamente todos los días. Venía con ganas de despejar mi cabeza un poco con unas líneas y ayer viendo un rato de tele (lejos de casa, de viaje) me llegaron un par de ideas. Claro está que de tener una idea a darle forma hay una diferencia. Ahora, hace apenas unos minutos, sentado y tratando de darle un cuerpo a dichas ideas, en una conversación con una amiga con la que charlamos a través de unos mensajes anoche luego de ver ese rato de tele, de alguna forma surgió el tema de los sueños, y en particular de los sueños locos. En seguida se me vino a la cabeza uno de mis sueños más locos, muy bien guardado.

Yo estaba en la puerta de la casa de una familia amiga, que queda a unos metros de la esquina. Al mirar al costado veía a un amigo parado en la esquina, con cara de preocupado. De la nada se largaba a llover, y un charco se hacía más y más grande. De alguna forma, mi amigo empezaba a adentrarse al charco, a pesar de ser un simple y poco profundo charco de calle. Su preocupación se convertía en desesperación al caer al suelo y se quedaba quieto mientras parecía ser arrastrado hacia el charco. De repente aparecía un cocodrilo que lo agarraba del pie y quería engullirlo como haría una serpiente. Mi amigo permanecía quieto, de modo que yo corría hacia el cocodrilo y empezaba a pegarle mientras le decía: ''¡Cocodrilo pelotudo! Soltá a mi amigo''.

Como no podía ser de otra forma, desperté riendo por lo delirante del sueño. Luego, al contarle todo a mi amigo, reíamos juntos al hacer chistes sobre lo que podría significar. Jamás pensé que algo podría afectar nuestra relación, pero unos cuantos meses después se enojó conmigo y dejó de hablarme. Hoy todavía no se solucionó el problema, que para empezar nunca supe cual era. Hoy, sobre todo, lo extraño.

Cambiando de tema, y no tanto, intento retomar mi idea. La semana pasada me sucedió algo medio loco, aunque no sale de la clase de cosas que me suelen suceder. Como no quiero extenderme demasiado y realmente no viene al caso, no voy a detallar la situación, pero sí confesar que por unos segundos me asusté. Luego, perdido en mis pensamientos, me atacó el temor a estar perdiendo el tiempo. Mejor dicho, no sé si perderlo, pero al menos no aprovecharlo más. Reconozco que se me cruzaron los rostros de varios amores y desamores. ¿A qué me refiero con no aprovechar el tiempo? Pues supongo que no es difícil de comprender, pero hablo de tener la seguridad (por más que sea temporal) de que una cierta personita es con la que el mundo quiere que compartas una unión, un lazo especial, y hacer oídos sordos a ese llamado, o esquivarlo por miedo a...

Inmediatamente, me puse a recordar situaciones, mensajes, llamadas, abrazos, caricias, cafés, mates, miradas, palabras dulces, susurros, sueños compartidos, cumpleaños, cartas, regalitos, golosinas, risas y algún que otro beso. De alguna forma, con la mayoría de las chicas con las que sentí en algún momento esa extraña seguridad llegué a entablar una linda amistad. Con otras, aún no es posible. Con ninguna me arriesgué lo suficiente para pasar de la amistad, creo. De cualquier forma, quedé maravillado por la forma en que simples recuerdos me hicieron brotar tan lindas sonrisas y ese inconfundible calorcito de felicidad en el pecho.

Y muchos podrían preguntarse: ''¿Felicidad? ¿Siendo todos desamores?'' Y es que la clave está en los detalles. Ellos pueden hacernos perder la cabeza, o enseñarnos más de lo que creemos. Quizás sean lo más sencillo de olvidar, y seamos capaces de ubicar con precisión solo los eventos más significativos de los años que pasan, pero son los detalles los que nos motivan a seguir viviendo. Perdón, a seguir VIVIENDO. A grandes rasgos yo puedo bien decir que la mayoría de mis relaciones amorosas fueron desamores porque, por así decirlo, los sentimientos surgieron a destiempos, es decir, no hubo coordinación. Sin embargo, por más raro que parezca, el amor no correspondido de una chica hacia mí y mi consecuente amor no correspondido hacia ella, o viceversa, a lo largo de días, horas, minutos, o incluso unos pocos segundos, fueron testigos de momentos de felicidad plena. Son situaciones algo difíciles de describir y que sumando segundo a segundo forman lo que, lejos de ser un sueño, es una profunda realidad que se convierte en el motor del propio universo. Recordar esos detalles, esos segundos de felicidad plena, alimentan la esperanza de volver a vivirlos un buen día.

¿Cómo se relaciona todo ésto con mi sueño? Pues yo creo que las amistades son también relaciones amorosas, y del amor más puro. La clave está en los detalles y allí encuentro la conexión entre todo. Hay amigos muy cercanos, amigos a escondidas y amigos enojados. Ninguno deja de ser amigo, y todos forman parte de uno. Los detalles y los recuerdos hermosos son los que dan fuerza para no aflojar en momentos difíciles, y es fundamental no dejarse consumir por esa horrible sensación de pérdida de tiempo. Creo firmemente que todo tiene un sentido, un para qué. El tiempo se aprovecha mejor cuando no se está tan preocupado por él, y es justamente en los momentos difíciles cuando el mundo nos da una bellísima oportunidad de aprovecharlo al máximo y, casi sin darnos cuenta, aprender a pelar unas cuantas mandarinas.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Locos Sueños Blancos

Ver nevar en Mar del Plata. Es algo bastante complicado, ya que hay que estar en el momento y en el lugar justos. La primera vez que lo vi, tenía unos pocos meses de vida, así que otro factor a sumar es la capacidad de reconocer este fenómeno. Se podría agregar que si no se esta acompañado de forma adecuada, no se puede aprovechar. Así resulta que las posibilidades de fascinarse plenamente con una nevada resultan bastante remotas. A pesar de todo, dio la causalidad de que el sábado a la noche me encontraba en el lugar y en el momento justos, con personas para disfrutarlo. Qué loco, ¿no? Un sueño hecho realidad.

¿Es posible fabricar recuerdos? Es decir, ¿existe la posibilidad de desear algo con tanto fervor que, después de imaginar esa situación tantas veces, el sólo recuerdo de ese deseo, de esa situación imaginada, se convierta en un recuerdo real? Me cuesta creerlo, pero de alguna forma me veo recordando haber imaginado situaciones, y esa sola idea (porque a decir verdad no es más que una idea) ya es capaz de sacarme sonrisas. El nombre de esta acción, además, me resulta bello: soñar despierto. De alguna forma, dichas ideas se mezclan con recuerdos reales, para dar lugar a un concepto que se eleva por sobre la imaginación y por sobre la realidad misma, siendo una amalgama de las dos que se hace un lugar primordial en el corazón. O quizás todo este párrafo no es más que un pensamiento irracional. En ese caso, sería sensato definir la irracionalidad.

Teniendo en cuenta que comúnmente se considera al uso de la razón la principal diferencia entre el ser humano con el resto de la naturaleza, entonces algo irracional pasaría a ser algo in-humano, o bien algo instintivo, algo que surge como producto de una falta de capacidad de controlar las propias acciones frente a una determinada situación, como consecuencia de no pensar antes de actuar. Hay quienes relacionan a la irracionalidad con la locura. En general, actuar sin pensar no está bien visto.

Matemáticamente, por otro lado, una razón es un cociente, una división. Bajo este concepto, resulta que algo irracional deja de lado la división. Entonces recuerdo un incontable número de encuentros, sea con otra persona o simplemente una percepción del mundo, que genera en mí, a primera vista sin razón aparente, una sensación de alegría. En el momento no lo pienso, pero luego me doy cuenta que en muchas ocasiones, al encontrarme con alguien querido, automáticamente los dos nos hallamos sonriendo, con ese mágico brillo en los ojos y, de vez en cuando, con un acelerado palpitar. Es así que haciendo uso de mi razón, y con el riesgo de llegar a una contradicción, llego a la conclusión de que entonces, es posible que algo irracional (por no haberlo pensado) como sonreír, fuera de ser algo in-humano, responde a la naturaleza de oponerse a la división, en un momento que une, acerca, a dos o más personas, ya sea entre ellas o con el mundo.

Es cierto, racionar no es lo mismo que razonar, pero me resulta atractivo jugar con palabras que bien se pueden relacionar. Por supuesto, quizás tan sólo sea una vez más que yo simplemente piense demasiado. Como sea, es lindo creer que hay acciones que, sin necesidad de pensar tanto, nos hacen desbordar de felicidad al despertar algo tan profundamente humano como es esa unión entre personas. Reconozco que he metido la pata al actuar sin pensar dos veces, pero también debo reconocer que más de una vez me he arrepentido de quedarme en el molde por pensar de más. Con un interesante camino recorrido, apenas hoy termino de comprender que lo verdaderamente irracional o in-humano sería obligarme a fabricar recuerdos por reprimir sentimientos sinceros que un buen día pueden hacer mis sueños realidad. Porque, ¿quién dice que un poco de locura no hace bien? Después de todo, los sueños más lindos, y los que mejor se guardan, son los sueños locos. Y por si ésto fuera poco, algunos pueden caer del cielo, bien en forma de nieve, o bien con alas propias. Hacerlos parte de uno será cuestión de soñar con locura.

lunes, 19 de marzo de 2012

Jugando al Huevo Podrido

El Miércoles fue un día interesante. A la mañana tenía turno con el médico, y si bien suelo ser bastante organizado y detallista, al llegar a la clínica me di cuenta que me había dejado en casa el carnet y el bono de la obra social, y que me faltaban $10 para poder pagar el turno. Hablando con la secretaria, que ubicaba a mi hermano, se solucionó y no tuve mayor problema.

Después de eso pasé por casa, comí medio rápido, y salí ''corriendo'' a tomarme el colectivo para ir a la facultad (el día estaba feo, así que no podía ir en bici como siempre). En tres años jamás me había pasado al tomarme un colectivo para ir a la facultad, pero cuando éste dobló, me di cuenta que me había confundido y me había tomado el 541 en lugar del 554. Me bajé y fui a la parada a esperar el colectivo correcto (momento en el cual me llegó un mensaje de texto para ir a jugar a la pelota a la noche), sabiendo que muy probablemente llegara tarde a cursar. De alguna manera, llegué justo cuando la clase estaba comenzando.

Para ir a jugar a la pelota, arreglé como de costumbre que tenía que ir a las 21.45 a lo de un amigo y otro nos pasaba a buscar en el auto. Cuando terminé de cursar, fui a casa y estuve estudiando hasta que me tuve que ir. En la casa de mi amigo, me puse a charlar con su mamá y hermana. Mientras les explicaba lo curioso de mi día y lo distraído que estaba, me di cuenta que había cometido otro acto de distracción, porque eran las 20.45. ¡Había ido una hora antes! Afortunadamente, no hubo inconvenientes porque tengo una muy buena relación con toda la familia.

En fin, parecen ser cosas de poca importancia pero, desde mi punto de vista, fue un día fascinante, ya que a pesar de haber estado más distraído de lo que recuerdo en toda mi vida, considero que todo resultó bien. Quizás no jugué un gran partido; quizás tampoco me fue de lo mejor en el examen que rendí el Viernes; y quizás hubo unos detalles más que me dieron mucho que pensar. A pesar de todo ésto, más allá de mis despistes, puedo decir que fue un gran día. No termino de entender cómo. ¿Será acaso un mensaje? ¿Puede ser que tuviera algo que aprender? ¡Por supuesto! Todos los días hay algo que aprender. Ahora bien, ¿qué?

Continuamos la semana. El Jueves tuvo lo suyo, pero la cosa se pone más interesante el Viernes. Me levanté, me bañé, tomé un poco de jugo y me fui en bici a la facu. Llegué a eso de las 10, para la muestra del parcial (y su nota) que rendí la semana pasada. Nos tuvieron esperando porque les faltaba hacer la suma de puntajes o no sé bien qué. Durante ese tiempo, con algunos compañeros estuvimos recordando anécdotas, cada uno de su colegio. Me resultó una conversación bastante interesante y algo atípica. A eso de las 11.20 llegó el profesor, escuché mi nota y vi mi parcial. Dejé que unos compañeros le sacaran fotocopia y lo devolví. A las 12, dos horas de teoría de otra materia. Después almorzamos y fuimos (con un amigo) al anexo de la facultad para repasar hasta las 17, hora del examen de otra materia. En ese rato, recordé que quizás tenía una reunión con dos amigos, por lo que mandé un mensaje de texto para confirmar. Casi sin darme cuenta del paso del tiempo, salí de rendir a las 21. Cuando encendí el celular, me llegó un mensaje confirmando la reunión. Desde el anexo fui en bici hasta la casa de uno de estos dos amigos. Hacía frío. La reunión duró hasta alrededor de las 12. Volví en bici a casa, y lo de mi amigo no queda exactamente cerca. Hacía frío. Llegué y me puse a preparar cosas para el encuentro del sábado a la mañana con el grupo de jóvenes que coordino. Me acosté a eso de las 2.

Hoy es Sábado. Me levanté con algo de dificultad a las 8 y algo, porque a las 9 tuve una reunión. Terminó a las 11, hora en que nos juntamos con el grupo de jóvenes. Disfruté el encuentro, que terminó a las 13. Vine a casa, acomodé un par de cosas, almorcé rápido, y me fui para estar en Scout a las 14. Acompañamos a la Manada en una actividad, lo que fue lindo, pero hacía frío y le presté mi campera a uno de los nenes que no había llevado abrigo. Algo que me sorprendió es que pasó a saludar un amigo que hace mucho tiempo no veía. Fue una linda sorpresa. Tras el FIBO final, a las 17.30, vine para casa, acomodé un par de cosas, tomé la leche y me fui para estar en la puerta del 23 (un famoso salón de reuniones) a las 18.35, ya que me encontraba con dos amigos para ir a (adivinen) otra reunión. Cuando llegaron, nos tomamos el colectivo y llegamos con gran puntualidad a las 19.30. Fue una hermosa reunión, que duró aproximadamente hasta las 21.10. Se largó una maravillosa tormenta, pero uno de mis amigos se ofreció a (con el papá, que lo pasaba a buscar en auto) alcanzarme hasta mi casa. Llegué a las 22. Se acerca el final del día y me encuentro con una situación que esperaba fuera diferente.

¿Qué punto tiene describir algunos días de mi semana? Pues encontrarle un sentido. Tras una semana tan larga, me doy cuenta que tarde lo vi. O mejor dicho, lo vi hace mucho tiempo, pero recién ahora lo recibo. Mi semana me advirtió que soy el distraído, y por fin me llegó el huevo podrido. A lo mejor sea un pensamiento muy drástico, pero creo que a continuación se presentan meses de decisiones muy difíciles. Curioso es que, al parecer, ni siquiera puedo hacer demasiado al respecto. Si bien me gusta jugar, mi vida no me parece un juego. Me niego a ser el huevo podrido, y hay una cosa que sí puedo controlar: no me pienso dejar vencer por las dificultades. Voy a poner todo mi esfuerzo, todo mi amor y lo mejor de mi para aprender, para crecer. Días tan largos me recuerdan que la vida puede tener tantas cosas buenas como malas, y depende de mí quedarme con unas u otras. El Miércoles me cuenta que, de alguna forma, todo puede salir bien. Confío en que cuando pase la tormenta, a pesar de todos mis defectos, voy a poder mirar atrás y pensar: ''Qué gran día''.

lunes, 12 de marzo de 2012

Ni muy muy, ni tan tan

Es una frase que siempre me causó algo de gracia. Es curioso que, siendo que hace años no la escuchaba, la recordé hace unos días, y antes de ayer alguien más la mencionó. Casi parece que me quiere decir algo. Me asombra con qué facilidad puede describir algunas situaciones, y cómo uno puede quedarse con una parte u otra de la oración que construye. Por ejemplo, hoy por hoy puedo decir que no estoy ni muy muy contento, ni tan tan triste, y prefiero quedarme con la segunda mitad. O que no soy ni muy muy tonto (creo), ni tan tan inteligente, y preferir la primer parte. O bien que todos, en general, no somos ni muy muy atentos, ni tan tan sordos, y en este caso me quiero detener.

Vivimos en la era de la información. Eso dicen, cuanto menos. Por momentos, a mí me parece, que hay demasiadas cosas que abomban sin transmitir nada. Entre tantos carteles y estruendos, propagandas y embotellamientos, recibimos tal número de situaciones y mensajes que, por más que queramos enfocarnos en uno solo, nuestros sentidos se pierden al repartirse entre TODO lo que nos rodea. Nos hemos ido acostumbrando, parece, a tratar de abarcar tanto con nuestra capacidad de observación que, al final, olvidamos los detalles y podemos llegar a perder de vista el objetivo. No todos tenemos el mismo objetivo, claro está, ni sabemos identificarlo en todo momento, y quizás por eso, en un mundo lleno de oportunidades, nuestras mentes acaban por saturarse. Pero a veces tampoco hacemos demasiado para evitarlo.

Me he sorprendido a mí mismo en múltiples ocasiones evitando el silencio, por ejemplo. Es curioso porque en el silencio puedo enfocar mejor mi atención, y justamente trato de esquivarlo para no pensar tanto. A lo mejor es que la mayoría de las veces que trato de frenar, todo termina conduciendo mis pensamientos hacia mi trama principal. Aún sabiendo que puedo estar equivocado y que hoy esta personita no sea la protagonista de tal trama, constantemente me invade esa seguridad. Pero es sólo por comentar.

Donde quiero detenerme es en el proceso de llegar hasta esos pensamientos, porque si uno siempre puede encontrar una forma de relacionar lo que se dispone (aunque sea inconscientemente), en ocasiones pasan muchas otras imágenes en el medio. Algo que me sorprende, cuando no le escapo al silencio, vuelvo a reconocer, es la capacidad de poder apreciar cosas sencillas que perdemos de vista y, sin embargo, son fundamentales para llevar adelante una vida plena. Soñar y proponerse metas altas es fundamental para cualquier persona, y para alimentar el deseo de vivir, pero cuando nos olvidamos de las cosas que tenemos al alcance de la mano, podemos encontrarnos sin nada de lo que sostenernos. Podemos y está bien mantener la frente en alto y mirar hacia arriba, siempre y cuando tengamos en cuenta que para subir, tenemos que conocer los escalones en que nos apoyamos. De otro modo, tropezamos antes de lo que esperamos.

Y así volvemos a la misma encrucijada de tantas otras veces: ¿dónde quiere llegar este flaco con esta sopa de letras? A lo mejor no llegue a ningún lado, pero mi intención es aprender a apreciar los detalles del viaje. Una mariposa o una hoja de otoño bailando en el aire; unos cuantos rayos de luz que se abren paso a través de densas nubes; un abuelito caballero haciendo ademán con la mano para que otros suban primero al colectivo; el fascinante romper de grandes olas en un día ventoso; una ducha calentita tras un largo y frío día; el aroma a pan fresco en el horno; las palabras justas de la persona menos esperada por pura causalidad; el cariño y el brillo en los ojos de pequeños que te admiran quién sabe por qué; la ternura de aquellos que se saben conmover; el levantarse a la mañana y que haya algo por hacer; y mejor no sigo porque no termino más.

No todos los días estamos con todas las luces, o con el mejor humor, por lo que no somos muy muy atentos. Sin embargo, no nos quedemos panchos porque, por más que lo intentemos, tampoco somos tan tan sordos. Algo, entre todo, podemos llegar a escuchar, y es que el mundo sabe hablar.

De alguna forma, encuentro coraje para prestar atención e intento observar, detalladamente, todo a mi alrededor. Las cortinas cerradas, mi cama deshecha, mi hermano durmiendo y sólo una lámpara prendida. La puerta al garage medio abierta, una guitarra desafinada y un muñeco cachuzo. Desodorantes, perfumes, algún que otro libro y unos souveniers. Unas tijeras que nunca supe qué hacen ahí, el estuche de los lentes en el escritorio y el celu arriba de la rana. Unos escarpines talle 42 sobre las frazadas, al lado de una bufanda naranja, y ni te cuento abajo de la cama. Un par de pósters, unos cuadros de viaje de egresados, una bandera y varios años de recuerdos colgados. Una mochila-botinera, una escoba con su pala y unas cuantas pañoletas. Un sillón, figuritas pegadas en la pared y un reloj que siempre marca la misma hora. Mi hermano resopla por momentos, sumido en algún sueño, mientras yo intento controlar mis pensamientos.

Los perros ladran de a ratos, y quizás se escucha el ruido de un auto al pasar, pero salvo eso, una vez que me acuesto, sólo escucho recuerdos y un único sonido más, que suele costar reconocer. Por alguna razón, aunque nos persigue todo el tiempo, solemos olvidarnos de que existe, o hacemos oídos sordos a lo que nos quiere decir. A veces se acelera, y otras parece detenerse. Cuando quiere hacerse notar, sabe marcarnos el ritmo a seguir, pero ni así le damos la importancia que merece. No sé bien cuánto tiempo paso sin prestarle atención, pensando e imaginando situaciones hasta que al fin caigo dormido. De todas formas, sigue hablándome a través de sueños. De a poco, se transforma en una casi melodía que flota en el aire.

¿Qué es ese sonido? Pues no es el de un avión, ni un grito (convencional), ni el de un fuego artificial. No suena como un chapuzón, ni como un ave cantando, y mucho menos como un gol. No es el ruido de un arma, tampoco el de una corneta, y ni se acerca a un bandoneón. No es tango, ni cumbia, ni pop, ni rock 'n' roll. Se parece al mismo silencio, y al tiempo a un tambor, pero no es ni un trueno, ni un timbrazo, ni un volcán en erupción. Si probamos con onomatopeyas, no es ni un ''bang'', ni un ''pow'', ni un ''run run''; tampoco un ''slash'', ni un ''wow'' y ni siquiera un ''chin pum''. Es casi un arrullo, pero no llega a ser canción. Me gusta imaginar otros, y tenerlos de comparación. Quizás sea impresión mía, pero me suena como una voz. Me cuesta hacerle caso, y lo ignoro con mi razón. Me ha acompañado siempre, pero lo he dejado solo y a veces anda tristón. Me han dicho que es grande y que contiene mucho amor. Le han dado caricias, y lo han partido en dos. Mis amigos, por su parte, siempre ofrecen protección. De vez en cuando se acelera, cuando siente a esta personita venir. Mas, ¿cómo suena, entonces? Ni muy muy fuerte, ni tan tan despacio, y no sé con qué seguir, pues describir ni pronunciar yo puedo, el sonido de mi corazón al latir.

Supongo que un mensaje claro (los detalles) hoy me intentan transmitir:

- Ganso, dale una razón de ser, que no está ahí porque sí.

Estoy seguro que a otros les pasa lo mismo. No olvidemos que SIEMPRE tienen algo que decir.